Martes, 31 Marzo 2020 06:35

VISIBILIDAD PARA NUESTROS AGRICULTORES FAMILIARES, CAMPESINOS Y COMUNITARIOS

 

VISIBILIDAD PARA NUESTROS AGRICULTORES FAMILIARES, CAMPESINOS Y COMUNITARIOS

 

El pasado 18 de marzo, en medio de la emergencia sanitaria y económica por la que atraviesa el país, a razón del virus COVID-19, el Ministro de Agricultura y Desarrollo Rural anunció un “parte de normalidad en el abastecimiento de alimentos” soportado en el volumen de productos agroalimentarios que han venido ingresando a las principales centrales de abastos y distribución del país, señalando productos como frutas, tubérculos, raíces, plátanos y otros; lo que indica que, “no le va a faltar la comida a los colombianos” durante el aislamiento preventivo obligatorio decretado por el Gobierno Nacional. Además, anunció una serie de medidas dirigidas, especialmente, a los campesinos con el ánimo de garantizar los procesos de producción y provisión de alimentos, es decir, resaltó su importancia en este momento de crisis. Al respecto, es preciso preguntarnos como Nación ¿quiénes son estos campesinos, que producen tales alimentos? ¿en dónde los producen? ¿en qué condiciones lo hacen?

 

Sobre este particular, en el año 2017, a propósito de la discusión acerca de la Agroindustria, la Ganadería Extensiva y la Agricultura Familiar en el contexto de los modelos de producción para el desarrollo rural y agrícola del campo colombiano, el Observatorio Rural de la Universidad de La Salle, a través de su foro y magazín Ruralidades y Territorialidades1, discutió y resaltó la importancia de la Agricultura Familiar que “abastece buena parte de los mercados urbanos con productos como la papa, el plátano, la yuca, la panela, las hortalizas, los fríjoles, los frutales, entre otros, y aporta el 80% del café, que es el principal producto agrícola colombiano de exportación” (Magazín Ruralidades y Territorialidades # 1, 2019, p.6).

 

Como Observatorio, resaltamos que la Agricultura Familiar representa el 63% del valor de la agricultura del país, como también que, a partir de la diversificación productiva, aporta el 32% a la canasta agroalimentaria de los colombianos, lo que muestra el protagonismo de los pequeños agricultores familiares en el país. Sin embargo, en Colombia se ha tendido a invisibilizar al agricultor familiar, campesino y comunitario, negando sus trayectorias, formas de vida y expresiones contemporáneas (tal como ocurrió en el reciente censo poblacional, en el cual no se incluyó la categoría “campesino”), pues la política pública, en términos de desarrollo rural, ha estado, significativamente, orientada hacia la agroindustria (en apariencia, sinónimo de modernización de la agricultura), la cual “comprende los grandes cultivos empresariales como el arroz, la producción de azúcar, los aceites y los agrocombustibles, las lecherías, la producción intensiva de carne de res, la floricultura, la avicultura y las plantaciones de árboles maderables” (Magazín Ruralidades y Territorialidades # 1, 2019, p.6), que busca, en términos generales, promover el desarrollo económico regional a través de la internacionalización de la economía (con el monocultivo a gran escala como medio), lo cual, no como único factor (hay que agregar los intentos fracasados de reforma agraria) han determinado y ampliado las brechas (social, económica, educativa, otras) entre el campo y la ciudad, incluyendo las problemáticas asociadas a la seguridad y soberanía alimentaria de la nación que, guardan relación no solamente con garantizar la disponibilidad física de los alimentos, también con propender por el acceso a los mismos en términos económicos y físicos (oferta), así como, asegurar su inocuidad. Esto, sin profundizar que esta agroindustria no necesariamente ha tenido efectos positivos sobre el empleo en los territorios que ha ocupado y sobre los cuales se ha expandido, más aún, ha contribuido a la precariedad y a generar condiciones de salud laboral alejadas de los estándares permisibles.

 

Por tanto, la importancia de reconocer a nuestro campesinado, por supuesto, desde su capacidad e identidad cultural asociada a la producción de alimentos, así como sujeto social y político con relevancia en la vida nacional, tal como lo es hoy en tiempos del Coronavirus (COVID- 19), donde su dimensión económica-productiva es fundamental, pero no la única, pues la vida de las ciudades depende del agua que viene del campo, de los recursos minerales, del aire que purifican los bosques, de los flujos de personas; en síntesis, es preciso recordarle al país, nuevamente, en medio de la crisis generada por el Coronavirus, que lo rural y lo urbano conforman un solo medioambiente, una sola economía, un mismo territorio, una misma nación, un mismo destino (Manifiesto Rural – Universidad de La Salle, 2019).

 

Comunicado del Observatorio Rural de la Universidad de La Salle

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